Este articulo es extraido del librillo "La vigencia de la negación", el cual expone detalladamente los acontecimientos sucedidos en Grecia desde la insurrección del 2008 hasta diciembre del 2010. Dejo este documento por su "casual similitud" con nuestra realidad local en el ambito de la lucha contra el terrorismo, particularmente en los mecanismos penales como la asquerosa ley antiterrorista. Creo de importancia que reflexionemos sobre todo lo que implica la "agudización de conflictos", entendiendo que la radicalización de las posturas se hace necesaria en la ruptura con las formas ritualizadas y tradicionales de "movilizaciones ciudadanas", ruptura cuyo fin apunta no a pedir conseciones a "nuestras" autoridades, si no, por el contrario, a consolidarnos como seres libres de la dominacion tanto del Estado como del Capital (suponiendo que ambas son entidades separadas, lo que suena irrisorio), y a desmantelar la sociedad de clases para generar, al fin, nuevos modos de existencia.
Sin otro particular, ¡provecho!
El siguiente texto corresponde a los capítulos 3 y 4 del
folleto “Teorías de conspiración” sacado a fines de mar-
zo de 2010. Los primeros capítulos contenían una de-
tallada cronología del caso y analizaban el fenómeno
del órgano represivo llamado antiterrorista en Grecia,
y puesto que muchas cosas ocurrieron desde que fue-
ron escritos, no tiene sentido reproducirles aquí.
Teorías de conspiración
I. La operación “antiterrorista” que empezó con el asalto
policial a una casa en Halandri en septiembre de 2009
está destinada a continuar a largo plazo y a atacar a los
proyectos antiautoritarios y actividades subversivas en
un contexto más general. El Estado Griego deseaba ar-
dientemente una operación semejante, ya que duran-
te toda la última década invirtió dinero y energía en la
creación y desarrollo de la estrategia “antiterrorista”. Se
promulgo la ley antiterrorista. Se realizaron operaciones
de desarticulación de las organizaciones de lucha arma-
da 17 de Noviembre y ELA. Se realizaron también toda
una serie de intentos por aplicar la ley antiterrorista en
los casos que involucraban a anarquistas y antiautorita-
rios: tales fueron los intentos (sin resultado) que el es-
tado dirigió contra un compañero por el ataque contra
la comisaría del barrio de Agios Panteleimonas en 2004
como también contra otros 5 compañeros por el incendio
de cámaras de vigilancia un año después, las acusaciones
contra 3 compañeros por el ataque contra una unidad de
los antidisturbios y la expropiación de sus escudos (las
acusaciones que posteriormente se derrumbaron en el
juicio), la agravada persecución de Giannis Dimitrakis
por un atraco al banco el 2006 que está en vigor a pesar
de la falta de pruebas, la persecución penal de 4 com-
pañerxs en Tesalónica por ataques incendiarios en 2007
que finalmente se “deshinchó” a nivel mediático.
El Estado Griego opera en los marcos de un,
adoptado ya a nivel global, modelo que hace destacar
el “antiterrorismo” en el catálogo de las estrategias re-
presivas. El concepto fue creado en los años 70 por las
democracias occidentales cuando éstas se enfrentaban a
los (entonces) radicales movimientos sociales y sus ex-
presiones armadas. Desde entonces se mantuvo y se con-
solidó como una respuesta de las democracias modernas
contra sus enemigos internos. Luego, en los inicios del
siglo XXI apareció con un ímpetu nuevo, a la vista de la
agudización del cuestionamiento político del sistema que
se formó principalmente entre la población musulmana.
La proclamación de “la guerra contra el terrorismo” con
su doble y global carácter, “las nuevas operaciones mili-
tares en las periferias del Dominio occidental y la agu-
dización del control policial/penal en las metrópolis del
Dominio”. Además, se convirtió en el eje fundamental
del dogma de “la seguridad”, que introdujo la lógica de
una todavía más total vigilancia penal de los aspectos de
la vida social, desde la delincuencia hasta los flujos mi-
gratorios y desde los escándalos alimentarios hasta las
amenazas de epidemia. Se trata de una tecnología del
adoctrinamiento social que con una nueva intensidad
impone la separación entre lo permitido y lo prohibido,
entre lo útil y lo dañino, lo sano y lo malsano y también,
con una nueva rigidez, canaliza el acceso y la expulsión
de las zonas de integración y de exclusión.
La estrategia del “antiterrorismo” representa
una gestión especial policial/penal del enemigo inter-
no, con el objetivo de que su estricta vigilancia pueda
realizarse sin distracción ninguna. El “antiterrorismo”
se destaca por la flexibilidad de sus métodos, incluso es
capaz de crear hasta excepciones en las reglas del orden
democrático. Aquí, poca importancia tienen los este-
reotipos tradicionales de la justicia burguesa, las pre-
sunciones de inocencia y las pruebas demostrativas, los
derechos y las confidencias. Aquí tiene la prioridad una
sistemática recogida y capacidad de correlación de las
informaciones, una extenuante y amplia investigación
policial, cómo también el hecho que las sentencias ju-
diciales tienen que ser severas e inexorables, el encar-
celamiento tiene que ser capaz de aislar y aniquilar, y
claro, también los medios de comunicación deben estar
bien conectados y coordinados con los portavoces de la
Policía.
Sobre el caso en cuestión... ¿que se podría men-
cionar como primero? ¿Los nuevos sistemas de segui-
miento telefónicos?, ¿la implicación de los servicios de
inteligencia en las investigaciones o el intento de iden-
tificación a través de ADN?, ¿las imágenes de cuadras
completas cortadas durante los asaltos policiales a las
casas particulares o desnudarse bajo las amenazas, el
agotamiento físico o los chantajes psicológicos en los
“Palacios de los Maderos”?, ¿Una huella dactilar en un
candelero y en una bolsa de plástico que por poco casi
llevan a alguien a la cárcel?, ¿Las traslados contínuos y
la separación de los acusados en las diferentes cárceles?
¿La fábrica policial/judicial que produjo las ordenes
de detención y de busca y captura, o esa periodista que
creo incontables artículos de prensa llenos de guiones y
amenazas?
Sin embargo, el puño “antiterrorista” no se dis-
fraza con el imaginario democrático. Está diseñado se-
gún las normas de la democracia moderna, sus funda-
mentos se encuentran en los altos niveles de la integra-
ción económica/social/política y utiliza por supuesto la
fuerza de la colonización ideológica. Por esto, también
el elemento decisivo de su funcionamiento es el bien
organizado debate ideológico que tiene como objetivo
despolitizar y aislar a aquellos que tiene en su punto de
mira. Cuando alguien que es llamado “terrorista” llega a
ser percibido como el enemigo público, cualquier modo
represivo de aniquilamiento puede ser justificado bus-102
cando con ésto el consenso social. No obstante, puesto
que a menudo los llamados “terroristas” no pueden ser
lo suficientemente identificados con alguna “amenaza
social”, ni tampoco se les puede conectar con el sentido
del miedo y la inseguridad, en tales casos el peso del
desdeño ideológico se reparte también en otros ele-
mentos. En nuestro caso, éste es el papel tuvieron las
ridiculizaciones mediáticas que escribían sobre “los
niñatos del terrorismo”, “unos tiradores de bombas de
olla”, los comentarios llenos de burla sobre “hijitos ri-
cos de los barrios del norte”, la publicación en la prensa
de los planos de viviendas “herméticamente cerrados”
que exhalaban el misterio, cómo también el hecho de
sacar cualquier posible detalle de la vida privada de los
acusados para inspirar unos cotilleos asquerosos y mi-
serables, y de éste modo denigrarles y eliminarles como
individuos.
El potencial del “antiterrorismo” consiste en su
carácter difuso. Extiende sus redes a lo largo y ancho
de los espacios/tiempos y procesos sociales, secuestra a
colectivos sociales enteros, deseca a campos sociales en
los cuales podrían crecer y florecer las especificas deci-
siones antagonistas que les preocupan. De éste modo no
les importa solamente la implicación o no de los sujetos
perseguidos en los hechos por los cuales se les acusa.
Sus personas en sí ya representan la falta de conformi-
dad con el orden de las cosas existente y así el hecho de
perseguirles lleva el mensaje destinado a llegar mucho
más lejos que a los acusados mismos. Se trata del men-
saje de la amenaza represiva, del aislamiento social, de
la renuncia a la lucha. Este es el chantaje que intentan
imponer hoy en día los altos oficiales de la Policía y sus
superiores políticos sobre los anarquistas y antiautori-
tarios. Han abierto un expediente con el nombre de una
organización guerrillera real, “Conspiración de Células
del Fuego”, y allí han montando una imagen arbitraria
como les da la gana. Un puzzle de algunos hechos con-
cretos y de toda una magnitud de presunciones y fanta-
sías. A una gente relacionada con proyectos antiautori-
tarios y a sus círculos de amigos se les categorizan como
una “organización ilegal”, mientras que a una simple vi-
vienda se le llama “el piso franco”. El resultado es que, en
cuanto más trillan sin límites ni pruebas algunas, tanto
más fuerte es el mensaje que mandan, el mensaje que
más o menos cada uno y una relacionado con proyectos
antiautoritarios puede ser incluido en el mismo expe-
diente y ser llevado a los juzgados y tribunales.
En éste contexto el hecho de perseguir a alguien
penalmente solo por su relación de amistad o de familia
con otro ya acusado, o simplemente porque expresó su
opinión, es algo que puede ocurrir muy fácilmente, sin si-
quiera tener la intención de limitar o reducir a las expre-
siones genuinas de las libertades burguesas. Se trata de
una simple consecuencia de la manera difusa en que fun-
ciona el “antiterrorismo” en sus intentos de neutralizar y
desarmar a las opciones más concretas de las actividades
subversivas. Y justo esa sigue siendo su motriz básica. La
eliminación de opciones, que por cierto no se reducen a
los tradicionales puntos de interés del “antiterrorismo”
como por ejemplo “las balas y las bombas”, pero parece
que ya incluyen “las llamas y las capuchas” y, ¿porqué no
mañana?, en cuanto lo permitirán las circunstancias, se
extenderán hasta las ocupaciones de edificios y los cortes
de calles. La eliminación de opciones que están siempre
conectadas con un conflicto real, con la organización de
la anti-violencia en contra de la violencia de las relaciones
sociales dominantes y salvaguardadas. La eliminación de
opciones que tienen la ventaja de una franqueza e im-
presión irresistibles, exactamente porque no represen-
tan simplemente a alguna verdad imaginaria sino dan a
conocer la existencia de unos sujetos bien concretos que
intentan aplicar su propia verdad a la práctica.
La extendida red “antiterrorista” reclama unas
garantías. No pretende solamente desligitimizar social-
mente a la violencia en un contexto más generalizado,
sino también marginarla dentro de los ámbitos mismos
de la lucha social. El conocido dilema se repite con una
consecuencia absoluta: “o los ideólogos o los vándalos”.
De hecho, ambas tendencias llevan a un callejón sin sa-
lida. Si la calidad de la acción subversiva depende del
grado de conexión entre la teoría y la práctica, entre
los caminos públicos y clandestinos, entre las decisio-
nes personales y las propuestas colectivas, si es así, el
precio de cada mutilación o reducción acaba ponien-
do en juego sus propias capacidades. Alguien que eli-
ge de distanciarse de las acciones consideradas como
“fuertes”, no tiene que olvidar que no es el discurso que
llena de significado a esas prácticas en un sentido úni-
co, puesto que el discurso obtiene su significado a tra-
vés de las prácticas, comprobando así su madurez, su
credibilidad, su aguante. Y por otro lado: alguien que
elige abandonar a la “esfera pública” y se encierra en
una confrontación con los mecanismos represivos, no
tiene que olvidar que las prácticas no constituyen una
amenaza para el poder por sí mismas, fragmentadas y
aisladas una de la otra, sino cuando están dentro de una
dialéctica y se comunican con unas luchas reales más
amplias.
Si no lo queremos, no habrá callejones sin sali-
da. Seguramente, muchos están diciendo que lo de im-
plicarse en las cuestiones represivas es algo defensivo,
qué es solo algo como un trámite. De una parte, en lo
que hacemos en la vida real el paso del enemigo obli-
gatoriamente determina y limitan nuestros pasos, y al
revés. De otra parte, una ofensiva represiva tiene que
ser comprendida dentro de su contexto histórico y so-
cial, dentro de unas condiciones concretas de la guerra
social de clases, y se deben considerar los riesgos que
están en juego en ésta época en particular. Entonces,
la cuestión de la represión podría convertirse en una
cuestión creativa y nuestras respuestas a ella podrían
ser unos nuevos ataques dirigidos contra el mundo que
está encargado de defender.
II. La solidaridad no es un gesto “de amistad” ni tam-
poco un deber humanitario ante la desgracia de un lu-
chador perseguido o encarcelado. Hasta si la solidaridad
por sí misma lleva un matiz romántico y humano, ade-
más de una dimensión “ética”, cuando queda atrapada
en tales marcos se cae en el sentimentalismo. De hecho,
la solidaridad es algo mucho más que eso, hace urgente
la necesidad de tomar una posición, hasta en el caso que
creemos que no tiene nada que ver con nosotros. ¿Como
algo puede “no tener nada que ver con nosotros”...? El
argumento que surge frecuentemente para justificar el
silencio y la inactividad, es decir lo de “la solidaridad es
la miseria de nuestro ámbito”, tiene que desaparecer por
completo porque estando en las luchas hemos aprendido
que la miseria es una condición humana y por esto no es
una característica aplicable a la guerra y sus expresiones,
sino a los actos de individuos mismos, como también a
los ánimos e intenciones detrás de esos actos.
La solidaridad es el discurso, la práctica, la crí-
tica, la relación, la posición, el acuerdo y el desacuerdo.
Es el reconocimiento de una afinidad real y existente en
el campo de acción común, la necesidad imperativa de
tomar posiciones, una posición en el tablero de ajedrez
de la guerra desde la recolección e interpretación de los
movimientos que precedieron y aquellos que seguirán.
Estamos en una guerra y no en alguna charla en la que
se intercambian opiniones y desacuerdos tenaces.
Tanto nuestra crítica como el distanciamiento
que posiblemente sentimos hacia el discurso y el plan-
teamiento estratégico de los individuos, grupos y organizaciones
con los cuales han sido solidarios los anar-
quistas y antiautoritarios (un ejemplo indicativo puede
ser lo de la solidaridad con “17 de Noviembre”), tiene
que ver por completo con la manera en que nosotros in-
tentamos explicar e interpretar a este mundo de mierda
que nos rodea y con el modo en que experimentamos la
forma de subvertirlo y derrumbarlo. Sin embargo, eso
no significa para nada que nos hemos atrincherado de-
trás de nuestros desacuerdos, y que eso no nos importa.
Lo de pretender no ver los casos que nos provocan una
inercia política, y en algunas situaciones extremas hasta
una inercia personal, muestra solamente nuestras pro-
pias incapacidades. Hemos visto como nuestros pasos
crean tanto unos precedentes como unas conquistas,
hemos visto como su ausencia crea un vacío enorme.
Además, a la Policía le importa poco si una or-
ganización tiene unas tendencias populistas o antiso-
ciales, individualistas o comunistas. Eso les interesa
solo en el grado en el que les pueda ayudar a anticipar
sus siguientes acciones y revelar a sus miembros.
“Me río con aquel que insiste en contem-
plar el mundo. No lo puede contemplar
por el hecho que él mismo es el centro de
ésta contemplación y se le hace imposible
concebir a algo que no tiene centro.”
Georges Bataille
La violencia de los oprimidos, vista como una
inconsciente venganza por la violencia de la vida coti-
diana, como un paso organizado del sujeto colectivo en
su camino hacia la emancipación, siempre surge de la
gente que elige expresarla por unas razones concretas,
en un momento concreto refractando a los límites de la
existencia que les configura. Bajo este concepto, la vio-
lencia de los de abajo no viene como una fase más, un
estadio siguiente en algún manual marxista de la sub-
versión, ni tampoco reemplaza a otras prácticas, posi-
blemente más pacíficas, que fallaron al jugar su papel
en la guerra contra la opresión y la explotación. Esto no
va a ocurrir nunca, sólo porque algunos crean que sería
bueno que ésto ocurriera.
La violencia de los oprimidos es algo vivo. Exis-
te, vive, crea, se desarrolla y al mismo tiempo refleja y
refracta a lo que hay a su alrededor. El pasado, ya embe-
llecido y decorado (en las páginas de unos libros grue-
sos con fechas de expiración pasadas o condenado en
las celdas blancas del aislamiento de la historia) apare-
ce como si describiera solamente una dimensión de EN-
SUEÑO, unas posibilidades de interpretación y defini-
ciones POLÍTICAS, algún NIVEL más allá de nuestras
discrepancias y una SERIEDAD. Como si la práctica pu-
diese ser vivida a través de unas descripciones fáciles...
Como si el cinismo, los errores o lo que, según alguna
gente, se llama “la confusión” no fueran en sí una señal
de los tiempos en que vivimos... Como si los “sujetos”
no fueran habitantes de esa metrópolis esquizofrénica...
Como si los SUJETOS no estuvieran SOMETIDOS a las
influencias de la sociedad, como si vivieran fuera de
ella... Como si se tratara de unos SUPERHOMBRES de
Nietzsche, abastecidos de lucidez y claridad, que saben
bien, como los de la “Matrix”, de las ARTES MARCIA-
LES, y que simplemente se quedan fuera de todo lo que
sucede y solamente hacen unas incursiones metódicas,
decisivas y efectivas en el mundo real... Es como olvidar
que en diciembre de 2008, que todos amamos tanto,
sucedió justo porque se encontraron entre ellos unas
contradicciones en los habitantes esquizofrénicos de
esa metrópolis y ellos llegaron a sobrepasar a esas mis-
mas contradicciones... Es como olvidar que los rebeldes
de modo verbal follaron a las mujeres de los maderos,
que a los ciudadanos indignados no les importó ni “la
pérdida injusta” de Alexis y que a la mayoría de la gente
los centenares de inmigrantes muertos siguen siendo
poco importantes... Como si nosotros mismos no tuvi-
mos que, en cada momento, combatir a nuestro miedo,
a nuestra inercia, combatir las certezas que tuvimos por
supuestos y a unas recetas bien probadas...
Por otro lado, el deseo de descubrir las cosas
en común con lo que, de un modo caótico, podríamos
llamar “el proletariado rebelde”, el deseo de contraer
alianzas con los demás que rechazan al mundo del Do-
minio, no supone en ningún caso apartar a un lado las
contradicciones sin tener la perspectiva, penosa y difícil,
de sobrepasarlas, ni tampoco supone adoptar la perma-
nente lógica de “lo mínimo”, pues para decirlo en dos
palabras, no significa el desarme de la, tan malinterpre-
tada, teoría crítica. Al contrario. Porque la teoría forma
parte de la práctica. Aquel que lo ignora, priva su ac-
ción de la herramienta analítica, la que hace una acción
acertada, peligrosa, verdaderamente antagonista hacia
lo existente. Sin embargo, la teoría no lo arregla todo,
así como el entendimiento de un programa no supone
necesariamente una práctica análoga. La crítica que
frecuentemente es dirigida contra las organizaciones de
carácter activista, pues “el medio puede convertirse en
el fin”, es una verdad no solo al respecto de la violencia.
La teoría como un medio que nos permite comprender
cosas y actuar de modo eficaz, muchas veces se trans-
forma en un sustituto de la acción, en una cháchara
académica, en una fatua “critica al respecto de algo”,
que no es de ninguna manera peligrosa para la norma-
lidad y regularidad de las relaciones sociales, las cuales,
hasta si logran describir con cierta agilidad, nunca va
a disolver y liquidar, puesto que evita la confrontación
práctica, material y directa con las instituciones y las
estructuras que crean, alimentan y mantienen a esas re-
laciones. Organizar el discurso, los medios y las perspec-
tivas con las cuales golpear lo existente, significa que
vamos a romper las relaciones sociales, que vamos a
convertirnos en un peligro para el flujo de la norma-
lidad, vamos a crear bandos, vamos a hacer la guerra.
Cuando comprendimos y sostenemos esta necesidad,
continuamente tenemos que cuidar que nuestra acti-
vidad pertenezca, de modo teórico y material, a todos
y eso en un siempre creciente grado favorecerá las ini-
ciativas que no vienen de nosotros mismos y las que se
escapan de nuestro control.
Esto en concreto como concepto de lucha no pa-
rece interesar a los grupos centralistas, los cuales limi-
tándose a sí mismos en unas estructuras fijas y especia-
lizadas, tienen la tendencia de alejarse de las verdade-
ras necesidades del movimiento subversivo y entonces,
a partir de un punto ya no son capaces de expresar ni
sus propias necesidades. No les interesa comprender
que la relación con el ambiente en que actúan siempre
está creando unas interacciones, siendo interactiva su
propia naturaleza. Tales grupos se aíslan, se hacen pre-
sumidos y vanos, y así susceptibles a la represión del
Estado. También se olvidan de algo muy básico, de que
la violencia no es un fin en sí mismo, porque no es pro-
piedad de los que la ejercen y porque sus justificacio-
nes y puntos de referencia no se encuentran solamente
en ella misma. El enfrentamiento con lo que nos rodea
empieza por enfrentarnos a nosotros mismos, a lo que
llevamos dentro. No obstante, nunca se acaba allí, eso
nunca es suficiente.
Cuando nos estamos moviendo con la perspec-
tiva del enfrentamiento difuso, el hecho de buscar una
identificación con el sujeto que ejerce la violencia, nos
permite comprender esa violencia en su totalidad, y así
no confundirnos al ver al enemigo como un objeto de-
lante de nosotros y no como a una relación que nos influye,
que tiene efectos sobre nosotros. Es como olvidar
que el enfrentamiento no va a acabar nunca. Es como
creer que la revolución será algo de un día y no de toda
la eternidad...
No buscamos identificarnos con ningún sujeto,
porque los sujetos somos nosotros mismos, aquellos que
consideramos como “nuestra gente” y también aquellos
que no entendemos lo que son. Nos guste o no, si queda
bien con la imagen de la revolución que tenemos o no,
en éste momento, en éste país hay alguna gente que crea
unos grupos guerrilleros. Y se están moviendo, como
todos nosotros nos estamos moviendo, cerca y menos
cerca, también aquí mismo porque lo que importa no es
el grado de proximidad sino el bando al que perteneces,
se mueven creando sus propios desplazamientos en la
fluida, ahora todavía más, realidad de la guerra civil. De
una guerra de clase contra clase, de deseo contra deseo
y de intereses contra intereses.
Y si alguien, en todo ese CAOS, puede decir con
certeza que algo “no está bien” o “es contraproductivo”
para la causa, tendría que demostrar que fue su estra-
tegia la que dio el empuje y “la caña” y, como primero,
tendría que explicar porque se piensa que LA CAUSA es
suya y será realizada por él, cuando él mismo, según sus
términos, la elija. ¿Quien de verdad, puede decir que
lo de diciembre de 2008 lo hizo un grupo, sea oficial o
ilegal, y que ha ocurrido gracias a un análisis político
concreto?
La guerra civil la llevan a cabo todos. Tanto los
que la tienen por objetivo, como los que ignoran la exis-
tencia misma de tal guerra. Y nadie puede determinar
que va a ocurrir desde el inicio hasta el fin: Uno puede
solamente desviarla en una u otra dirección, y de hecho
también poco cierta, y tomar su posición en lo que suce-
de en cada momento, hasta si eso sucede sin su aporte o
de una manera que no deseaba
Estamos dentro del caos de nuestra existencia,
somos el imponderable factor que organiza la subver-
sión, que plantea la rebelión y que nos deja pasmados
incluido a nosotros mismos. ¡No somos nada más que
una AMENAZA ASIMÉTRICA!
PS. Guerra hasta el fin. Vamos a ganar.

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