Publicado el 21 de septiembre de 2014

El regreso de los sapos o la cueva de los chivatos

Foto | Ciper Chile
Columna de opinión de
Eduardo Fernández




Por estos días y a raíz de la detonación de un artefacto explosivo por parte de “desconocidos” en un centro comercial cercano a la estación Escuela Militar del Metro de Santiago, se ha abierto una discusión sobre la acción de los llamados “organismos de seguridad” y principalmente de su composición y de pasada legitimar una “ley antiterrorista”. La ciudadanía, en general, poco o nada sabe; suele ser más bien una discusión de “expertos”.

Durante y después de terminada la segunda guerra mundial proliferaron en los países de Europa occidental, del este europeo y del resto del mundo las agencias de seguridad Terminado el conflicto, el eje se volvió principalmente hacia el interior de los países, como una eficaz herramienta de control de los opositores políticos internos. Nos familiarizamos con siglas que, de solo pronunciarlas, ya aterran. Es el caso de la brutal GESTAPO de Hitler, la Stasi en la DDR, la KGV (heredera de la Cheka) en la ex Unión soviética, y del mismo modo las aún existentes como el misterioso FBI y la “influyente” CIA de USA, el MI5/MI6 en el Reino Unido o el muy “eficiente” Mossad de Israel. En Rusia actual, después de los socialismos reales el GRU (Departamento Central de Inteligencia)  o el MSS de China (Ministerio de Seguridad Estatal) y el DGSE de Francia, y el G-2 de Cuba entre las más conocidas

Un servicio de inteligencia es una agencia del estado y cuyos miembros son reclutados desde ex funcionarios de las policías de las fuerzas armadas o en servicio activo o bien civiles provenientes de las organizaciones de los partidos políticos proclives a la misma ideología del Gobierno de turno y dedicada a obtener información, dicen que para la seguridad nacional, vaya uno a saber.

La dictadura creó un siniestro y secreto dispositivo de represión política, la tristemente célebre DINA, orientada a eliminar físicamente a los miembros de partidos y movimientos de la Unidad Popular y el MIR . Su director, Manuel Contreras está encarcelado de por vida por las gravísimas y reiteradas violaciones a los derechos humanos.

Fue remplazada en 1977 por la Central Nacional de Informaciones (CNI) que operó al margen de la ley y el respeto por la ciudadanía. Disuelta el 22 de febrero de 1990 por la Ley 18 943, muchos de sus agentes fueron “reasignados”. Se diluyeron en los intricados vericuetos de las fuerzas armadas y organismos del estado o bien como soplones de empresas privadas. El primer gobierno pos dictadura, debido al estúpido asesinato de Jaime Guzmán, creó el Consejo de Seguridad Publica e Informaciones, por el decreto Nº 363 del 23 de Octubre de 1991, también conocido como “La Oficina”, cuya misión fue liquidar los grupos como el FPMR y el Lautaro, Este organismo estaría conformado por personeros de distintos partidos políticos de la Concertación. Dirigió la “Oficina” el actual diputado por la Concertación, Marcelo Schilling, identificado como un hombre con experiencia en el área y que contaba con cierta experiencia en temas de inteligencia y lucha subversiva. Alguno de sus directivos tendría instrucción de ese tipo en la ex DDR. La “Oficina” habría actuado de forma ilegal. En 1993 en una señal de decencia o cinismo, a través de la ley 19.212 se le sustituye por la “Dirección de Seguridad e informaciones EL DISIP gozará de buena salud, como un parásito, en los pasillos obscuros del Ministerio del interior hasta que en 2004 por la ley N° 19.974, se transforma en la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) en el sexenio Lagos. Su tarea es la realización de inteligencia político-estratégica.
 
El contexto de funcionamiento del mentado organismo es el momento sociopolítico del país. Desde hace varios años se constata como común el estallido de artefactos explosivos de fabricación artesanal en sucursales bancarias edificios estatales y que corresponderían a acciones de carácter terrorista realizadas presuntivamente por grupos del llamado anarquismo revolucionario, que han brotado entre sectores juveniles y no tan juveniles en las dos últimas décadas, como respuesta inmadura y necia al vacío ideológico que explique la enorme inequidad social existente y sobre todo como una forma de respuesta a las promesas sociales incumplidas por la sociedad y el sistema político. Pareciera que, como otras tantas cosas, esta forma de expresión se ha vuelto natural. Naturales son también los “encapuchados” y paradójicamente muchos que en el pasado fueron protagonistas y partidarios de todas las formas de lucha hoy se visten de etiqueta para pretender dar al organismo de seguridad ANI atribuciones esenciales operativas y que el tema de los “agentes encubiertos” sea considerado como legal, es decir, legitimidad de la figura los “sapos”, que en tiempos de la dictadura sirvieron como una forma de control social. No hubo institución barrio o servicio público o privado que no tuviera su “agente infiltrado”, su sapo propio, dispuesto(a) a traicionar a su compañero(a) de curso, a su eventual amigo(a), a su colega de profesión, etc. por un estipendio miserable o simplemente por una felicitación de un superior. En un tiempo reciente, fue instalada la delación como doctrina y virtud y constituida por una red de miles de informantes. ¿Eso es lo que queremos?

Los miembros de los organismos de seguridad tarde o temprano se sienten custodios del sistema. Desde la reserva y el secreto protegido de su acción, se sienten jueces de las conductas y el pensamiento de los miembros de una sociedad y su permanencia en el tiempo en esa función los conduce tarde o temprano a la comisión de delitos.

Se equivocan quienes creen que la vigilancia o el control permitirán disminuir la comisión de actos cobardes como la colocación de “bombas” en espacios de uso público y sea esto considerado como una forma de lucha honesta. No entienden que eso será peor, volveremos al país en que todos estamos bajo sospecha. Espiarán nuestras cuentas de facebook, nuestras páginas web, nuestros correos, nuestras conversaciones telefónicas, nuestras relaciones personales, nuestras opiniones en reuniones de trabajo serán evaluadas. Habitaremos de nuevo el "país-cárcel", en cada amigo veremos un "agente encubierto", intentarán modelar y pretender encauzar nuestra observación de la realidad en una sola dirección, volveremos a considerar la desconfianza como una virtud, estaremos viviendo nuevamente en un estado policial, volveremos al siniestro tiempo de los "sapos".
Las soluciones están por otro lado.