Publicado el 27 de noviembre de 2016

Cuando Fidel empujó las ruedas de la Historia



La contribución de Fidel Castro y la revolución cubana a la Historia Mundial y Latinoamericana llenan de sobrecogimiento al constatar cómo un puñado de hombres y mujeres se hizo parte e intervino en los principales procesos sociohistóricos de la segunda mitad del siglo XX. Sus actos lograron que Cuba apareciera en el mapa mundial, poniendo en jaque a las superpotencias a costa de un proyecto político emancipador que puso el acento en los “explotados y vilipendiados de América Latina”. La trascendencia de tales acciones configuró la geopolítica continental actual, el pensamiento de izquierda internacional y las estrategias de defensa de los Estados nacionales.

No deja de sorprender la habilidad política que demostró Castro en los momentos cruciales de la revolución desde el asalto al Cuartel Moncada hasta el cobarde escape de Fulgencio Batista, así como en los puntos más críticos de la guerra fría.

Sin contentarse con expulsar en 72 horas al ejército entrenado por la CIA en Bahía Cochinos, Castro continuó la ofensiva hacia el imperialismo norteamericano. Nunca antes EEUU vio tan cerca el peligro de una guerra en su territorio como lo fue en 1962 con la “crisis de los misiles”. Resulta estremecedor imaginar qué habría pasado si el teléfono rojo no hubiera transmitido el acuerdo entre Kennedy y Kruschev. ¿Habríamos asistido a la caída del “imperialismo” en manos de la guerra nuclear? ¿serían estos los días del socialismo real o del invierno atómico? En una entrevista realizada en los noventa, Castro reafirmó su molestia por el acuerdo –a sus espaldas- entre las superpotencias, manifestando que tanto su pueblo como él estaban dispuestos a dar la vida en una guerra que si se desataba no dejaría rastro de la isla.

Tan atónito como Kennedy declarando en las pantallas su derrota en las playas cubanas, EEUU se vio forzado a dar un giro en su política hacia América Latina. “La Alianza para el Progreso” contempló el apoyo económico y la promoción de reformas políticas –reformas agrarias, industrialización acelerada, ampliación del aparato estatal- buscando consolidar las estructuras sociales y políticas que sean capaces de “encuadrar a las masas” evitando revueltas socialistas, sobre todo en el seno del campesinado pobre del continente. Mientras la cara amable de la diplomacia estrechaba las manos de aquellas fuerzas moderadas capaces de implementar tales reformas (Frei Montalva sonrió y apretó fuerte), en las selvas panameñas las Fuerzas Armadas Latinas afilaban los corbos que dibujarían las huellas del terrorismo de Estado en camino.

Justo cuando la llamada “distención” entre Washington y Moscú –basada en la doctrina de la “destrucción mutua asegurada”- parecían darle tranquilidad al reciente gobierno de Nixon, Salvador Allende triunfó en el Chile de 1970. No sólo la CIA se movilizó ante la posibilidad de una “segunda Cuba”, Castro fue el único dirigente del bloque socialista que brindó apoyo efectivo en recursos, logística e infraestructura (a pesar de la mono-exportación) mientras las carteras del Kremlin y Pekin se cerraron. 

Acorde el modelo nacional desarrollista hacía aguas, la aceptación de la imposibilidad de superar el subdesarrollo en América Latina sin tocar las armazones políticas y económicas encontró su praxis en la gesta cubana y el experimento chileno. El caminar de Fidel Castro desde la sierra maestra y de Salvador Allende desde las faldas de la Cordillera de los Andes asombraron al mundo en su abrazo solidario, dos estrategias distintas y alternativas a la URSS en la construcción del socialismo se sumaban a la Europa agitada por la “Primavera de Praga” y las protestas estudiantiles del 68, reafirmando la lucha que los pueblos del mal llamado “tercer mundo” desarrollaban en Angola y Vietnam.

Con la caída de la Unión Soviética en los noventa se inició una de las más duras etapas que debió enfrentar el pueblo cubano: “el Período Especial”. Sin el apoyo soviético del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) el desarrollo del país se vio truncado bajo una crisis que abarcó desde la alimentación hasta los recursos energéticos, obligando al Estado a crear programas de emergencia, racionalización y las primeras medidas de liberalización. Washington intensificó el bloqueo fanfarroneando la pronta caída del socialismo cubano; pero para sorpresa del mundo el proceso siguió su curso a costa de un Fidel Castro que comprendió la necesidad de realizar medidas liberalizadoras sin renunciar a los logros sociales alcanzados.

Castro muere en un escenario paradójicamente opuesto al que esperó en los años de la revolución. La incertidumbre y especulación económica global, la avanzada conservadora y de la “nueva derecha” en Latinoamérica, la reemergencia nacionalista y xenófoba en las capitales de occidente y la paulatina apertura de la isla al mercado mundial interpelan y tensionan la prevalencia del legado de Fidel, pero al mismo tiempo, lo reafirman en tanto humanismo y praxis política rebosante de originalidad en su capacidad de lectura, estrategia y propuesta societal para América Latina.

La crisis actual de los “pos-neoliberalismos” y la ofensiva reaccionaria hacia el “Socialismo del siglo XXI” plantean la urgencia de repensar el proyecto latinoamericano de izquierda en su conjunto, tanto en su respuesta al rearme conservador como en su proyección, acorde a un escenario de incertidumbre global y una compleja sociedad civil imbuida en el consumo. La originalidad y arrojo de Castro y su generación para enfrentar los zarpazos retrógrados son un precedente histórico ejemplificador del potencial creativo que las nacientes fuerzas políticas y sociales son capaces de desplegar, como cuando Fidel empujó las ruedas de la Historia.



José Luis Morales Muñoz
Profesor y Licenciado en Historia y Ciencias Sociales (UACh)
Estudiante Magister en Ciencias Sociales Mención Estudios de la Sociedad Civil (IDEA-USACH)