El agua no se pierde en el mar: se pierde en la negación de la crisis hídrica en Chile



Por: Tomás Tapia1, Valentina Lepe1, Claudia Dauré1, Camilo Oyarzo1, German Schlicht1, Jorge Cárdenas2, Katia Barahona1 

 1. Laboratorio de Estudios Territoriales 
 2. Laboratorio de Transiciones Territoriales de la Zona Sur y Austral

Que Chile se ubique entre los países con mayor riesgo hídrico para el año 2025 (WRI, 2015) no es una mera coincidencia, sino el resultado de decisiones acumuladas a lo largo del tiempo. La Dirección General de Aguas (DGA) advierte que para el período 2030-2060, la disponibilidad de agua en las zonas norte y central del país podría reducirse en más de un 50%, mientras que en el sur la disminución podría alcanzar el 40%. A su vez, en un contexto marcado por la retirada de 42 decretos ambientales en tramitación por parte del gobierno, entre ellos el de la actualización de la Estrategia Climática de Largo Plazo, pone de manifiesto que la gestión del agua no es una cuestión neutral, sino que está estrechamente condicionada por decisiones políticas.

El ciclo del agua se presenta comúnmente como un proceso natural, puro y circular, que abarca la evaporación, condensación y precipitación. Sin embargo, para quienes concebimos el territorio de manera integral, esa visión es insuficiente. El agua no circula de manera aislada; atraviesa una compleja red de decisiones y estructuras de poder que definen quién accede a la abundancia y quién enfrenta la escasez. 

Bajo un escenario político que promueve una visión del patrimonio natural como un objeto de transacción, el enfoque geográfico se vuelve fundamental. Nos permite ver el proceso de manera integral: conecta la cordillera con ríos y océanos, el clima con la economía y la biofísica con la justicia social. En este marco, el cambio climático no aparece como una causa aislada, sino como un factor que intensifica desigualdades preexistentes en la gestión del agua. Bajo esta lógica, la desigualdad no es un accidente de la naturaleza, sino un resultado directo de cómo se ha configurado y reconfigurado el espacio en torno al agua, acentuando las disparidades en torno a su acceso y distribución. 

Por esto, la comunicación y la perspectiva territorial es una urgencia ética. Explicar estos procesos no es solo un ejercicio intelectual, sino una herramienta de defensa para los movimientos sociales. Cuando comprendemos que el déficit hídrico o la contaminación no son desastres naturales, sino consecuencias de relaciones asimétricas de poder, se abren las puertas a procesos de articulación y diálogo. Estos no solo definen lo que entendemos por gobernanza, sino que también otorgan una voz al territorio, que, cada vez con mayor urgencia, clama por cambios estructurales.

Este 22 de marzo, al conmemorarse el Día Mundial del Agua, es momento de reflexionar sobre el futuro de nuestro acceso al agua. En este contexto, la disciplina geográfica juega un papel fundamental, pues ofrece las herramientas necesarias para comprender las dinámicas del territorio, entre ellas el cambio climático y los impactos de las decisiones humanas sobre el agua. Ante esta realidad, es más urgente que nunca replantear el agua, no solo como un recurso natural, sino como un bien común socioterritorial que debe ser gestionado con principios de justicia, sostenibilidad e inclusión.

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